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Cuando no hay salida: ¡respira sin concretar!

 

Reflexiones sobre el libro de Pema Chödrön: Cuando todo se derrumba, por Carlos Samaniego Villasante

Fecha de publicaciónFecha: 07/04/2012 |AutorPor: Carlos Samaniego Villasante.| Fuente: Webislam
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Cuando todo se derrumba y estamos al borde de no se sabe qué, el reto consiste en permanecer en ese punto y no concretar.

 

Sanamos y nos curamos cuando dejamos espacio para que existan la pena, el alivio y la alegría. Pero lo más importante es entender que hay que dejar sitio para el no saber, ya que nunca podemos conocer con certeza si nos vamos a caer redondos ahora mismo o si vamos aguantar derechos durante mucho tiempo.

 

Los astrofísicos afirman que en el universo hay hasta un 96 % de energía y materia oscura, desconocida. Que solo escrutamos la franja del 4 % visible, mientras el resto del cosmos es un enigma. Somos como hojas de otoño que flotan sobre la superficie de los arroyos de montaña que descienden al mar. No sabemos que hay por debajo, que nos mantiene flotando en la superficie y apenas conocemos que se esconde en el cielo nocturno infinito.

 

La vida es así: ¡no sabemos nada! Decimos que las cosas son buenas o males, de tal o cual modo, pero en realidad no lo sabemos. Pensamos que podremos encontrar placeres duraderos evitando el dolor, pero eso es un círculo vicioso sin salida que da vueltas y más vueltas interminablemente y al final nos causa un gran sufrimiento.

 

Miedo

Cuando la vida nos tiene acorralados y no podemos movernos…

El miedo es la reacción natural al acercarse a la verdad.

 

¿Qué nos pasa cuando nos quitan la alfombra bajo los pies y no encontramos donde apoyarnos?

Los sentimientos como la decepción, la vergüenza, la irritación, el resentimiento, la ira, los celos y –al final– el miedo, nos ofrecen momentos de gran claridad que nos muestran donde estamos pillados en cada situación, y, al mismo tiempo, nos ofrecen la posibilidad de erguirnos y seguir adelante, cuando preferiríamos colapsar y retirarnos. Son los mensajeros que nos muestran, con una claridad terrorífica, el lugar exacto donde estamos atascados.

 

Cada día se nos presentan muchas oportunidades de abrirnos o cerrarnos. Pero las mejores oportunidades surgen cuando llegamos a ese punto donde pensamos que ya no podemos dar un paso más con todo lo que nos está pasando, o que esto es demasiado para nosotros, o que las cosas han ido demasiado lejos.

 

El camino espiritual no consiste en tratar de llegar al cielo
y acabar en un lugar magnifico.

 

Meditación

La meditación nos invita a trabajar en ese momento en el que llegamos al límite de todo lo conocido. Meditando no nos dejamos arrastrar ni por la esperanza ni por el miedo.

 

La meditación nos enseña a ver con claridad que está ocurriendo con nuestros pensa-mientos y emociones en cada instante. Nos permite entender con una claridad casi absoluta lo que nos estamos haciendo, mientras se ilumina la oscuridad de nuestra ignorancia. Podemos ver como corremos, como nos ocultamos, o como nos mantenemos ocupados con cualquier cosa para impedir que nos rompan el corazón.

Pero la meditación nos permite también encontrar la forma de abrirnos y relajarnos.

La decepción, la vergüenza, y otros estados emocionales donde no nos sentimos bien son una especie de muerte contra la que luchamos incesantemente. Sentir miedo y temblores cuando estamos cerca de la muerte es una señal de salud. Pero otra conducta saludable es entender los temblores como el anuncio de que ya es hora de mirar directamente hacia lo que más nos aterroriza. De este modo, la decepción y la ansiedad nos advierten que hemos entrado en territorio desconocido.

 

El camino espiritual consiste en ir más allá de la esperanza y el miedo adentrándose en nuevos territorios sin planos ni guías. Es un viaje en el que se cultiva la compasión, la valentía y la bondad de corazón. Meditando no cedemos ni reprimimos nada. Simplemente dejamos que la energía repose ahí mismo. Nos hacemos amigos de nuestros miedos y esperanzas una y otra vez, permaneciendo siempre despiertos en medio de ese caos que es lo cotidiano.

 

No hacemos meditación para convertirnos en buenos meditadores, sino que meditamos para estar más despiertos en nuestra vida cotidiana. Y de este modo, tomamos conciencia de lo que verdaderamente nos sucede: que siempre estamos huyendo de algo, o que siempre reprimimos algo, o que somos demasiado indulgentes con nosotros mismos, en relación con algo o alguien. Así empieza a surgir en nuestro interior una perspectiva nueva y más amplia, una visión generosa e iluminada de la vida, aceptando que somos como somos.

 

El camino del medio

Mantenerse en el punto medio es presenciar lo que surge sin juzgarlo, dejando que los pensamientos se disuelvan una y otra vez en la nada del silencio, para, a continuación, volver al aquí y ahora.

Y de repente, dejamos de luchar y nos relajamos.

 

A medida que nos vamos abriendo, nos reconocemos y aproximamos a las incomodidades de la vida, y en lugar de protegernos de ellas, ahora las observamos con más claridad y objetividad. No perseguimos ningún ideal. Tan solo nos quedamos con la experiencia tal como nos viene. Simplemente vemos lo que está sucediendo: placer, dolor, confusión, sabiduría… y que está disponible en cada momento de nuestra -maravillosa, sorprendente, insondable y ordinaria- vida cotidiana. La meditación consiste en estar dispuesto a morir una y otra vez, abandonándonos a todo.

 

Trungpa Rinpoche invita a sus practicantes a que cuando se den cuenta que se salen, deben decirse a sí mismos: “¡pensamiento!” y volver a concentrarse en la espiración. Al decir “¡pensamiento!” podemos sentir conscientemente la suavidad de la aceptación de quien somos y mantener la actitud de no juzgar nada.

Los pensamientos pasan por el cielo de nuestra mente continuamente. Si uno de ellos se queda, tanto sea agradable como desagradable, decimos “¡pensamiento!” con toda la apertura y bondad que podamos y dejamos que desaparezca en la enormidad del azul. Las nubes y las olas surgen una y otra vez como los pensamientos. Nosotros las reconocemos con amistad incondicional poniéndolas la etiqueta “¡pensamiento!” y las dejamos vagar libremente.

 

La meditación es abrirnos y relajarnos ante lo que surja, sin escoger ni elegir. Las sorpresas, a medida que practicamos, se suceden incesantemente.

 

Refrenarse

 

Nos hacemos daño si permanecemos en la ignorancia por falta de coraje para mirarnos por dentro. Porque siempre hay algo dentro de nosotros que no queremos reconocer ni experimentar y para evitarlo huimos. Corremos de lo que llama a nuestra puerta y no dejamos de sobreactuar en una huida sin fin.

 

Refrenarse consiste en no buscar entretenimiento externo cuando nos sentimos invadidos por el aburrimiento, la inquietud o el desasosiego. Refrenarse es no rellenar inmediatamente el vacío que crea esa dolorosa brecha, como hacemos de manera automática sin ser conscientes de ello.

 

En realidad, debajo de nuestras palabras, de nuestros movimientos y de nuestros pensamientos hay una absoluta falta de suelo donde apoyarnos. Se trata de una ausencia esencial. De un misterio insondable sin solución. Es un vacío que borbotea constantemente, y que experimentamos como inquietud, nerviosismo o miedo. Es lo desconocido de donde proviene la pasión sexual, la agresión, la ignorancia, los celos, el orgullo; y rara vez descendemos hasta sus manantiales más profundos para familiarizarnos con su naturaleza.

Refrenarnos nos permite conocer la naturaleza de la inquietud y el miedo que nos envuelve y es un método poderoso para afianzarnos sobre esa falta de suelo primordial que hay bajo nuestros pies; porque cuando nos entretenemos con charlas, conductas repetitivas y pensamientos recurrentes, nunca conseguimos relajarnos de verdad.

 

El miedo consigue bloquearnos porque nos habla muy deprisa y se sitúa muy cerca de nuestros oídos. Pero si conseguimos no hacer lo que nos pide y no nos desviamos del camino de nuestra sabiduría interna, entonces pierde el poder sobre nosotros.

 

Siguiendo nuestra bondad interna, nuestra sabiduría básica y nuestra inteligencia natural, podemos dejar de hacer daño, tanto a nosotros mismos como a los demás, cuando percibimos el instante preciso en que surgen las cosas de la nada. Mediante la comprensión consciente podemos cortar la reacción en cadena que hace que las cosas se desboquen, y así podemos mantener las situaciones vitales manejables y bajo control.

Detenerse un instante, antes de que nuestra consciencia se llene de cosas de todo tipo es una experiencia verdaderamente transformadora. Cuando la practicamos, empezamos a reconocernos y a respetarnos, y, al mismo tiempo, dejamos de hacer daño.

 

El resultado de establecer una relación óptima con nosotros mismos es que permanecemos tranquilos. Ya no hay compulsiones. Ya no trabajamos en exceso, ni comemos en exceso, ni fumamos en exceso, ni seducimos en exceso. Simplemente dejamos de hacer daño, porque abrimos los ojos y despertamos; y ahora vamos lo suficientemente despacio como para darnos cuenta y tener conciencia plena de lo que decimos y hacemos en cada momento.

 

Cuando empezamos a darnos cuenta de que no ponemos suficiente atención, de que raras veces nos refrenamos, de que disfrutamos de poco bienestar interno, eso no es confusión sino el principio de la iluminación. Es la liberación que surge de manera natural al estar aquí y ahora sin ansiedad y sin perturbaciones, ante cualquier imperfección que se presente.

 

Desesperanza y muerte

¡No podemos aferrarnos a nada!
Este es el primer paso del Camino.
Buscar una seguridad duradera es inútil.

 

El sufrimiento empieza a disolverse cuando dejamos de creer que existe un lugar donde verdaderamente podemos cobijarnos. Cuando comprendemos que no hay suelo bajo nuestros pies en ningún lugar de la Tierra.

 

Somos adictos a la falsa esperanza de que las dudas y los misterios terminaran desapareciendo algún día de nuestras vidas. Por eso, una sociedad de personas adictas a buscar sistemática y compulsivamente un suelo bajo los pies donde vivir, al final no resulta un lugar compasivo ni acogedor donde se pueda crecer.

El hecho de sentir dolor no significa necesariamente que algo tiene que fallar en alguna parte. El dolor forma parte de la vida y no sucede por la equivocación de alguien. Sin embargo, sufrimos porque pensamos que algo en algún lugar está mal.

 

Mientras seamos adictos a la esperanza, seguiremos sufriendo por cualquier motivo.

Esperanza y miedo son, en realidad, el mismo sentimiento con dos caras alternantes. Surgen de la idea básica de que estamos incompletos, de que nos falta algo. Nacen, por consiguiente, de la pobreza. Nos aferramos tanto y con tanta fuerza a la esperanza de un futuro mejor, que la esperanza misma termina robándonos el momento presente.

 

Pero si nos lo proponemos podremos abandonar la esperanza de que existe otro yo más perfecto que emergerá algún día de nosotros. Hemos de mirar directamente nuestros miedos y esperanzas más profundas hasta que surja de nuestro interior una especie de cordura fundamental en la que podamos confiar.

Si percibes tu pánico y el momento en el que instintivamente te agarras a algo, te darás cuenta de que ese acto de aferrarse está basado en la esperanza. No agarrarse a nada es renunciar a la esperanza. Solo entonces podemos reunir el coraje suficiente para relajarnos en ausencia de una base sólida a la que apoyarnos, ya sin nada de nada a nuestro alcance. Sin esperanza. Sin futuro. Sin pasado.

 

La desesperanza es la vía a seguir, porque si hacemos el Camino solo para conseguir seguridad, entonces perderemos su verdadero significado y ello nos llevará a la decepción y al dolor. Por ello hay que recorrer el Camino sin esperanza, sabiendo que el miedo a la muerte es el trasfondo que todo lo tiñe y emborrona.

 

“La vida es como montarse en una barca que va a salir
a navegar al mar y se va a hundir”.

Suzuki Roshi

 

Somos el resultado de una cultura que huye de la muerte y nos la oculta siempre que puede. Pero a pesar de todo, experimentamos constantemente la muerte cuando algo nos decepciona, cuando las cosas no funcionan como debieran, o ante situaciones que no deseamos que ocurran. Pero relacionarse con la muerte en la vida cotidiana y aceptarla nos permite ser capaces de esperar, de relajarnos en medio de la inseguridad, de soportar el pánico, de hacernos cargo de la vergüenza y de las cosas que no funcionan. La desesperanza y la muerte pueden proporcionarnos la motivación que necesitamos para vivir una vida llena de entendimiento y compasión.

 

Cuando algo nos recuerda la muerte nos entra el pánico y entonces añadimos algo de nuestra propia cosecha a las pérdidas. Pero la solución pasa por volver una y otra vez a la idea de la muerte y relajarnos en el momento presente sin cultivar esperanza alguna. No hay que resistirse al hecho inevitable de que las cosas pasan, se acaban y carecen de sustancia duradera. De que todo está cambiando continuamente.

Así, nos enfrentamos finalmente a los hechos y ya no tratamos de escapar. Puede que sigamos teniendo adicciones, pero ahora dejamos de creer que estas van a traernos la felicidad. Renunciar a la esperanza anima a quedarse con uno mismo, a ser tu propio amigo y no ir a ninguna parte. Si experimentamos completamente la desesperanza, renunciando a toda alternativa que no sea vivir el momento presente podemos tener una relación alegre con nuestra vida, que ya no ignore la realidad de la impermanencia y la muerte.

 

Ocho Dharmas

Dharma es una palabra sánscrita sinónimo de ley universal de la naturaleza, y se simboliza con una rueda que gira sobre sí misma. Existen cuatro pares de dharmas opuestos entre sí. Cuatro nos gustan, por lo que solemos apegamos a ellos; mientras que los otros cuatro nos repelen, motivo por el que, normalmente, tratamos de evitarlos por todos los medios posibles.

 

  1. PLACER – DOLOR.

  2. ALABANZA – CRITICA/CULPA.

  3. FAMA – OPROBIO.

  4. GANANCIA – PERDIDA.

 

Siempre que nos vemos pillados en alguno de los ocho dharmas, sufrimos inevitablemente. Cuando nos sentimos bien, nuestros pensamientos suelen revolotear sobre las cosas que nos gustan, pero cuando nos sentimos incómodos, irritables o hartos, los pensamientos dan vueltas sobre el dolor, la pérdida o la culpa. Lo irónico es que somos nosotros mismos precisamente quienes activamos estos dharmas en relación a lo que nos ocurre en el mundo. Por eso hay que conocerlos bien y entender como nos atrapan, como colorean nuestra percepción de la realidad. Darnos cuenta de que en realidad no son tan sólidos como parece.

 

Podemos empezar a practicar percibiendo nuestras propias reacciones cuando alguien nos culpa por algo que ha sucedido. ¿Que nos pasa cuando perdemos algún objeto? ¿Cómo reaccionamos cuando hemos ganado algo? Cuando encaramos estas situaciones de frente con la curiosidad e inocencia de un niño podemos ver quiénes somos realmente. Entonces descubriremos que los sentimientos placenteros y dolorosos nos lanzan en los dos sentidos una y otra vez, descentrándonos continuamente sin que notemos lo que nos pasa por dentro.

El camino del medio es un estado de apertura mental que nos posibilita relajarnos en medio de la paradoja y la ambigüedad. Porque cuando nos sentimos solos o perdemos la esperanza, lo primero que hacemos instintivamente es ir a la izquierda o a la derecha, subir o bajar, correr o saltar, pero nunca permanecemos quietos. El camino del medio nos invita, precisamente, a detenernos y a sentir lo que nos está pasando por dentro en ese preciso instante. De esta manera, despertamos nuestra valentía interior.

 

La meditación diaria es un entrenamiento que nos permite alcanzar el camino del medio y asentarnos en nuestro lugar exacto. Nos invita a no juzgar lo que surge en la mente, a reconocer como pensamiento todo lo que solemos clasificar como bueno o como malo, a dejar que los pensamientos vengan y vayan como burbujas flotantes en el cielo. La meditación nos entrena a dejar de luchar y a descubrir un estado fresco y sin sesgo en nuestro interior.

 

En nuestras sociedades el cine, el teatro y la literatura nos han acostumbrado a las victorias y a las derrotas, a recibir alabanzas o culpas; y cuando el dolor se presenta, procuramos encubrirlo tratando de identificarnos con el triunfador o con la victima de la situación, con una parte o con otra.

 

Soledad fresca

“Uno puede sentirse solo y no estar perdido”.

Katagiri Roshi

 

Cuando conseguimos al fin descansar en ese escurridizo punto medio, empezamos a tener una relación serena con la soledad. Ahora se trata de una soledad refrescante que da la vuelta a nuestros temores. A esta soledad fresca podemos describirla con seis atributos. Porque cuando estamos en soledad…

 

  1. Tenemos menos deseos.

  2. Nos contentamos enseguida.

  3. Evitamos realizar actividades innecesarias.

  4. Tenemos total disciplina sobre nosotros.

  5. No vagabundeamos por el mundo de los deseos.

  6. No buscamos seguridad en el pensamiento discursivo.

 

Contentarnos nos hace renunciar a la creencia de que escapar a nuestra soledad nos va a traer una felicidad duradera o una sensación de bienestar, coraje o algún otro tipo de fuerza. Porque cuando ya no poseemos nada, nada tenemos que perder. Sin embargo, estamos falsamente programados para creer que tenemos mucho que perder en la vida.

 

Podemos estar solos sin ninguna alternativa a la que asirnos. Podemos estar contentos de estar aquí con el estado de ánimo y la textura de lo que está ocurriendo instante a instante. Porque realizamos muchas actividades innecesarias, buscando algo que nos salve, algo que nos mantenga ocupados para no sentir dolor, y también buscamos compañía para distanciarnos del dragón de la soledad, que siempre va persiguiéndonos.

 

“Si quieres encontrar el significado, deja de perseguir tantas cosas”.

Ryokan

 

Disciplina implica que en cada oportunidad estamos dispuestos a volver al momento presente. Sabemos que estamos solos en la vida y que no tenemos donde agarrarnos. No vagabundeamos por el mundo del deseo tratando de aferrarnos a alternativas que nos vuelven adictos, y ya no buscamos seguridad en los propios pensamientos discursivos, lo que implica renunciar al dialogo interno de “¡cómo tendrían que ser o dejar de ser las cosas!” En la soledad fresca no esperamos seguridad de nuestro dialogo interno. Por el contrario, tocamos y soltamos su parloteo infinito sin hacerle caso.

 

La soledad así entendida, nos desafía a entrar en un mundo carente de puntos de referencia, sin polarizarnos ni solidificarnos en nada ni nadie.

 

Impermanencia

Impermanencia es la realidad constante donde vivimos, porque todo evoluciona momento a momento. La impermanencia es la esencia de todo: encontrarse y partir, enamorarse y desenamorarse, dulce y salado, blando y duro. Pero la gente no siente respeto por la impermanencia porque nos desespera y nos resulta dolorosa. Por eso, tratamos de resistirnos a ella haciendo cosas que sean duraderas y para siempre. Y en el proceso de negar que todo cambia constantemente perdemos el sentido sagrado de la vida.

 

La impermanencia nace de la armonía y el equilibrio. Por eso, cuando no luchamos contra ella estamos en armonía con la realidad. El dolor no siempre es un castigo, ni el placer siempre es un premio. Pero siempre que podemos nos librarnos del dolor en lugar de tratar de entender que este funciona en polaridad con la alegría. En puridad, podríamos celebrar tanto los momentos de iluminación, que felizmente gozamos, como las atemorizantes desgracias que nos apenan.

 

Cuando se presente el dolor en nuestra vida podemos reconocerlo como dolor sin más.

Cuando nos ocurre aquello que no deseamos, cuando no conseguimos lo que queremos, cuando enfermamos, cuando envejecemos, cuando nos estamos muriendo… seguimos el patrón de respuesta de siempre. Pero podríamos cambiarlo si observamos atentamente el impulso que surge dentro de nosotros y como nos descentra.

 

Descentrarse es la reacción natural ante el dolor y el placer, y podemos ver este hecho sin juicio y sin intención. Cuando se entienden los infinitos pares de opuestos como complementarios se alcanza un bienestar duradero.

 

Búsqueda incesante del placer

Las formas más habituales mediante las cuales tratamos de evitar lo que nos ocurre en la vida, con la consiguiente confusión y pérdida de confianza en nuestra sabiduría primordial, son:

 

  1. La búsqueda incesante de placer.

  2. Reconstruirnos constantemente.

  3. Fomentar emociones para dormir.

  4. El miedo a la muerte.

 

La búsqueda incesante del placer se origina cuando tenemos que enfrentarnos al dolor y no somos capaces. Cuando nos sentimos amenazados nos volvemos incapaces de soportar el dolor, el nerviosismo o la ansiedad. Entonces, salimos corriendo a buscar una situación más cómoda, o tratamos de aferrarnos a algo placentero. En definitiva, tratamos de evitar el dolor por todos los medios posibles.

 

Pero en lugar de huir compulsivamente para evitar la incomodidad personal, podríamos abrir el corazón a este dilema tan humano, y, simplemente, contemplar la escena de como intentamos escapar una y otra vez. Podría ocurrir entonces, que lo que parece feo, fuera en realidad una fuente de sabiduría.

 

Cuando nuestro mundo personal queda hecho trizas por algún acontecimiento inesperado, entonces se nos presenta una gran oportunidad para crecer. Pero nuestra reacción habitual es intentar recuperarnos como si nada hubiera pasado, volviendo a nuestra ira, resentimiento, miedo o confusión de siempre. De esta manera, buscar la seguridad para sentirnos completos y cómodos viene a ser una especie de muerte en vida. Porque al tratar de controlar la experiencia, matamos el momento y preparamos nuestro futuro fracaso, ya que antes o después vamos a tener que enfrentarnos a experiencias que no podamos controlar de ninguna manera.

 

¡La esencia de la vida es el desafío! Unas veces es dulce y otras amargo.

Desde la perspectiva de la persona despierta, tratar de atar todos los cabos sueltos es ir directos hacia la muerte, porque implica rechazar una gran parte de nuestra experiencia vital. Por el contrario, estar completamente vivo y ser plenamente humano tiene que ver con ser expulsado del nido una y otra vez. Vivir plenamente exige moverse en tierra de nadie, experimentando cada momento como algo nuevo y fresco.

 

¡Vivir es estar dispuesto a morir una y otra vez!

¡Morir es aferrarse a lo que se tiene!

 

Cuando levantamos el muro de la culpa ya no podemos comunicarnos de manera genuina con los demás. Pero además, solemos fortificarlo con una muralla de ideas que hacemos a nuestra imagen para “tener razón” en cualquier circunstancia. Culpar, en realidad es una forma de proteger lo suave y tierno que hay en nosotros, porque sentimos que tenemos que hacer las cosas bien según nuestro propio criterio; pero cuando no podemos con una situación difícil que se nos va de las manos, entonces la tiramos por la borda y nos zambullimos en la culpa, que es un camino sin salida.

 

Pero en realidad es posible ser compasivos con nosotros, porque “tener razón” o “estar equivocado” nos cierra y hace que nuestro mundo se vuelva cada vez más pequeño. Además, así se oscurece el núcleo de la cuestión de fondo, de que las cosas carecen de todo fundamento.

 

La alternativa es el camino del medio, que implica no apegarnos tanto a nuestra versión de las situaciones y mantener nuestro corazón y mente abiertos, sabiendo que cuando nos equivocamos es porque buscamos algún tipo de base o seguridad. No hace falta expulsar a nadie de nuestro corazón, ni convertir a los demás en nuestros enemigos irreconciliables, porque todo, a fin de cuentas es ambiguo, y en cada situación hay tantas opiniones como personas.

 

Si establecemos un contacto bondadoso con lo que estamos sintiendo, nuestros caparazones se disolverán y podremos trabajar con mas áreas silenciadas de nuestra vida. Según aprendamos a sentir más compasión por nosotros mismos el círculo de la compasión por los demás se ampliará también.

 

En medio de la soledad, en medio del temor, en medio de la sensación
de incomprensión y rechazo, late el corazón de todas las cosas. El genuino y celestial corazón de la tristeza.

 

Pensamos, erróneamente, que protegiéndonos del dolor seremos más buenos con nosotros mismos, pero solo nos volvemos más temerosos, más duros y más alineados. Nos experimentamos como seres separados de la totalidad, compartiendo al final la misma celda con nuestras esperanzas y miedos personales.

Pero cuando permanecemos abiertos y dejamos que nos rompan el corazón, solo entonces, descubrimos el autentico parentesco que nos une a todos los seres.

 

Para resumirlo, tengamos en cuenta que cuando el caos se apodera de nuestra vida, hay tres acciones que podemos emprender para crecer y seguir avanzando por el Camino.

 

  1. Usar el veneno como medicina.
  2. Dejar de luchar.
  3. Cualquier cosa que venga es sabia.

 

Usar el veneno como medicina

“Acércate a lo que te resulte repulsivo,
ayuda a quienes piensas que no puedes ayudar
y acude a los lugares que te dan miedo”.

Maching Labdrön

 

Desde la infancia se nos dice una y otra vez que siempre hay algo equivocado en el interior de nosotros, o en el mundo, o en todo lo que acontece. Por eso tratamos de mejorar las cosas, porque sentimos que siempre nos enfrentamos a algo malo, erróneo o problemático.

 

Sin embargo, hay que acabar con esta lucha dualista contra todo lo que nos sucede en la vida, porque todo lo que ocurre no solo nos es útil y trabajable, sino que es el Camino mismo. En realidad, podemos usar todo lo que nos acontece como herramienta para despertar y averiguar en qué lugar del itinerario nos hemos quedado dormidos o atascados.

 

Esta práctica nos pone en contacto con el autentico corazón noble que habita en nosotros, hasta el punto de que ahora podemos hacemos cargo del dolor ajeno y enviar bienestar a los demás.

Para usar el veneno como medicina, cuando nos encontremos ante cualquier tipo de sufrimiento, hemos de inspirarlo, con el deseo de que todo el mundo que sufre se libere del dolor. Cuando nos sintamos felices y plenos, espiraremos ese sentimiento positivo hacia nuestro/s destinatario/s, con el deseo de que este (o todo el mundo) pueda sentir alegría y bienestar.

 

Ahora en lugar de ignorar el dolor y aislarnos de la gente que lo pasa mal, vamos directamente hacia la turbulencia y las dudas metiéndonos dentro de ellas. Exploramos la inseguridad y el dolor sin tratar de escabullirnos ni huir, aunque ello nos lleve años o vidas enteras de práctica. Dejamos, por fin, que las cosas sean lo que son.

 

Podemos practicar asumiendo sobre nosotros el malestar de una persona que sabemos que sufre y a la que queremos ayudar. Entonces, inspiramos visualizando que apartamos de ella el miedo y dolor que padece. Retenemos el aire en los pulmones transmutando su esencia espiritual, y en la espiración visualizamos que le enviamos felicidad, alegría, u otra vibración que le alivie.

 

Cuando sintamos miedo en nuestra vida personal podemos aplicarnos esta práctica meditativa, y también, por extensión, podemos llevarla a todas las personas que en este instante lo pasan mal (enfermos, moribundos, inmigrantes, etc.). De igual modo, podemos dirigirla hacia aquellas personas que, como nosotros, quieren ser compasivas pero tienen miedo; y también por los que quieren ser valientes pero son cobardes. En último término, se puede aplicar también a las personas que consideras como tus enemigos declarados, o a las que te hieren, o a las que maltratan a los demás. A fin y al cabo viven el mismo atasco que tu. Inspira su dolor y una vez transmutado envíales alivio y amor.

 

Dejar de luchar

Nos sentamos a meditar y dejamos que la atención fluya hacia cualquier cosa que surja en nuestra mente. Entonces, en lugar de enzarzarnos con los detalles, nos paramos y decimos simplemente: “¡pensamiento!”. Luego volvemos a la inmediatez y simplicidad de la respiración continua, hasta disolvernos de nuevo en ella.

Surja lo que surja, nos entrenamos en observar y verlo todo como es. Sin darle nombre. Sin desviar la atención. Sin dejar que nos afecte. Porque sabemos que los pensamientos surgen y se disuelven constantemente.

 

Cualquier cosa que venga es sabia y buena

Cualquier experiencia que surja dentro de nosotros no es otra cosa que la manifestación de la energía luminosa de la existencia. De esta forma, podemos servirnos de esta fuerza invisible, invirtiendo el patrón habitual que nos invita a tratar de evitar los conflictos, a ser mejores, o a intentar probar que el dolor es un error que desaparecerá algún día si conseguimos hacerlo todo correctamente.

Este enfoque nos lleva a entender el cementerio de nuestras vidas como una base de operaciones desde la que alcanzar la iluminación.

 

Ahora procuramos no dividirnos entre nuestra parte buena y nuestra parte mala, porque de hacerlo nos atacaremos a nosotros mismos, bien sea por estar equivocados, por sentirnos culpables, o por avergonzarnos de quienes somos. Pero si avanzamos directamente hacia lo que nos resulta más difícil, podremos disolver la sensación dualista entre esto y aquello. Reconociendo que el dolor y la oscuridad están ahí, podemos percibir que el caos de dentro y el caos de fuera son, básicamente, energía en movimiento. Sabiduría en una danza perpetua. Por lo tanto, depende de nuestras decisiones personales que nuestras experiencias vitales se conviertan en un cielo o en un infierno.

 

“No experimentamos el mundo plenamente a menos que
estemos dispuestos a darlo todo”.

 

Si supiéramos con certeza que esta noche íbamos a quedarnos ciegos, echaríamos una última mirada a cada hoja de hierba, a cada mota de polvo, y a todas las personas y cosas que nos rodean. Porque siempre podemos ser bondadosos, relajarnos y abrir nuestra mente y corazón a lo que se presente: ¡sea lo que sea!

¡El momento es ahora!

 

Todo lo que nos suceda, venga como venga, y venga de donde venga es trabajable, y se acumula en nuestra vida. Por eso, nuestro futuro es el resultado de lo que hacemos ahora mismo, instante a instante.

 

“Cuando todo se derrumba. Palabras sabias para momentos difíciles”. Pemma Chödrön. Editorial Gaia Ediciones. 2008: Madrid.

 





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